Sesión 8

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    Burjar
    Superadministrador

    En que nos metimos?!?!?!

    Agotados, y sin ver un minuto de receso los compañeros se miraron las caras y la oscuridad que el pasillo les presentaba mas adelante.
    Szaren, intrigado por el objeto presentado por Aiwendil Sulimo al Guardián, le pregunto acerca de su origen y como lo había obtenido. El hechicero no encontró las palabras correctas mientras en su cabeza se preguntaba como podía llegar a excusar el robo del objeto al inocente panadero, entonces simplemente se limito a no responder nada.
    Szaren también tenia sus secretos por lo que hizo caso omiso al silencio para como precaución por los próximos eventos que pudieran ocurrir.
    Luego de un transe tan peligroso volvieron a ponerse en marcha y, a medida que avanzaban, podían ver dibujadas en las paredes imágenes de una tierra fértil y fructífera, llena de bosques y bestias, poco a poco observaban como se contaba en esos dibujos la aparición de la civilización, y la aparición de pequeñas construcciones al principio, luego mas grandes hasta presentar grandes torres, parecía la historia del crecimiento de la región, pero pronto fue interrumpida por los restos de un nuevo derrumbe que obligaban al grupo a girar hacia la derecha sobre un angosto pasadizo que declinaba a medida que avanzaban.
    Ese angosto pasillo capaz de albergar solo la forma de una persona termino unos metros mas adelante, abriéndose hacia un enorme salón de aproximadamente 15 metros de alto y diez metros de lado, según lo que podía observar Heine A la cabeza de la columna.
    Pero estas grandes dimensiones solo traían mas preguntas acerca del destino del lugar, cuales habían sido los motivos de tremendos quiebres en la montaña y, por que la salida hacia ese salón se hallaba a ocho metros del piso enrejado del mismo.
    Desde ese pequeño observatorio podía verse, justo en la pared que lo enfrentaba, un pequeño salón iluminado pálidamente por luces que no tenían ningún origen, dentro de ese cuarto se veían camas, mesa y diversos artefactos. Exhaustos como estaban se decidieron a llegar a ese salón y tomar un merecido descanso, pero no sin antes realizar una revisión, las sorpresas ya había alcanzado su límite para ese día.
    Colocándose las botas mágicas de Aiwendil Sulimo, capaces de caminar sobre cualquier superficie, Heine Kenenen camino sobre las paredes para hacer una revisión mas amplia del salón sin correr riesgos con trampas o escombros; mas de cerca pudo observar que el techo estaba plagado de púas metálicas dispuestas en correcto orden y que estas púas parecían insertarse prolijamente en las aperturas del piso, también paso por al lado de grandes cabezas de leones boquiabiertos talladas sobre la roca viva en cada esquina del salón y, a cada lado de esta gran maquina de muerte se abrían dos grandes pasillos de aproximadamente diez metros de lado y cinco de alto que estaban cerrados por grandes portones.
    Estaba terminando de pasar los pasillos laterales cuando un pedazo de pared cayo sobre el piso ante la mirada de horror y sorpresa del elfo, sus temores anticipaban el cierre de una trampa que seguramente terminaría con su vida; pero no fue así, como sin nada hubiera sucedido el ambiente quedo nuevamente en calma y Heine continuo su camino hacia la pequeña habitación.
    Ya frente a ella se encontró con una reja de hierro y detalles de bronce que cubría todo el frente abierto hacia el salón grande y, sobre una angosta escalera de hierro adosada a la pared, una pequeña abertura suficientemente grande para los miembros mas chicos del grupo pero no para los humanos que deberían achicarse para entrar o salir de ella.
    Al ingresar por esa puertecilla observo que todo estaba en orden, sin polvo ni telas de araña, cuidado como si ese sitio fuera utilizado regularmente/
    Los candados que cerraban la puerta estaban sobre una mesa limpia, junto a unas camas cucheta bien arregladas y, en un costado, flechas y saetas suficientes para poder rearmarse y retomar el camino.
    En el centro y al otro lado del salón había una serie de palancas que, aparentemente, estaban unidas a maquinarias que el no podía observar pero que, claramente, correspondían a diferentes tipo de maquinas. La del centro era grande y voluminosa con lo que parecía ser un freno o traba, y estaba unida a una caja en el piso, sobre el costado, unidas a un pequeño panel de bronce había dos más pequeñas y una tercera con una cabeza de dragón en el extremo, orientadas hacia el piso.
    Sin animarse aun a tocar y revisar con mayor profundidad su funcionamiento vuelve sobre sus pasos hacia sus compañeros y, comentándoles lo observado fue repartiendo las tan necesitadas flechas entre todos.
    Se decidieron pues a continuar con el plan, asegurar la pequeña habitación y tratar de tomar un merecido descanso. Balarian tomo las botas y un extremo de la soga para crear un puente aéreo y así evitar caer en cualquier trampa.
    Balarian llego, con su armadura y otros artículos de sus compañeros, pesado como era hasta la puerta de la habitación utilizando las botas mágicas del hechicero, ato la soga a la reja y por ella se colgó Dhuck hasta la entrada.
    Pero mientras el gnomo se iba dirigiendo tranquilo y con seguridad hacia su Balarian, Thokk, el monje guerrero, que hasta el momento se había limitado a ser un apoyo logístico para el grupo, supero los días de abstinencia impuestos por su orden cuando una criatura viva e inteligente era masacrada como había sucedido con los osos búho, en los linderos del bosque algunos días atrás, y comenzó a bajar descuidadamente hacia el suelo, ocho metros mas abajo.
    Descuidado y arrojado y con la sola confianza en sus habilidades tentó a la suerte y animo a sus compañeros a seguirlo, a pie hacia la escalerilla al otro lado del salón. Lentamente, uno a uno fueron bajando, mirando con desconfianza hacia arriba y a los lados, con el temor de que algo malo sucediera; el ultimo en bajar fue Aiwendil Sulimo que, no solo estaba descalzo sino que también se encontraba sosteniendo la cuerda con la que el gnomo llego al otro lado, habiendo recuperado sus botas, se apresuro a seguir a sus compañero y, sin inconvenientes, llegaron al otro lado.
    Ya todos en la habitación comenzaron a revisar cada hueco y armario, encontraron viales con pociones y pequeños barrilitos con licores y cervezas que Thokk comenzó a consumir ávidamente hasta llegar a un profundo estado de ebriedad.
    El monje entonces se acerco peligrosamente a las palancas, sus compañeros no le prestaron atención y comenzó a manejarlas, primero la mayor en el centro de la habitación que, con solo una pequeña presión se movió hacia un lado; el techo cayo hasta el suelo provocando un ruido atronador que dejo a la compañía aturdida por un momento, después de varios insultos dirigidos al monje miraron con mayor detenimiento la placa que había caído del techo y se percataron que estaba unida a cuatro cadenas, la caída había sido controlada y, las cadenas seguramente permitirían levantar el techo a su posición original. Haciendo caso omiso de los que le pudieran decir, Thokk giro la palanca hacia la posición inversa y con un traqueteo mecánico el techo comenzó a subir nuevamente, las púas que poseía debajo apenas estaban rayadas mostrando que, en el piso, debajo de ellos, una parte encajaba sobre la otra, el piso y el techo formaban parte de una enorme maquina aplastadora y picadora, pero para que, era la incógnita que no querían resolver.
    Como niños en pastelería, todos se encontraban mirando el detalle del techo al subir, momento que aprovecho el monje para seguir jugando con las palancas; tomo la palanca mas atractiva, aquella con cabeza de dragón y, al subirla completamente, vieron salir de las bocas abiertas de las esculturas de león grandes llamaradas que llegaban hasta el centro del salón.
    Sin tiempo a preguntas subió las otras dos y, haciendo eco en el vacío, se oyeron los gemidos de los goznes de dos portones al girar y, confundidos con ellos gemidos, lamentos y gruñidos de algo que se encontraba detrás, termino de subirlos y otro par de portones se cerraron justo al limite del salón dejando lo que sea que estuviese viniendo, encerrado detrás de ellos.
    El monje se hecho a reír inconcientemente por lo que Dhuck, tratando de evitar mayores problemas provocados por un medio orco descontrolado y borracho, comenzó a cantar dulcemente induciendo al monje a dormir.
    Luego de eso, los restantes se organizaron y se dispusieron a descansar todo el tiempo que pudieran, allí la noche y el día no eran diferentes y solo su cansancio ponía límite a su camino.
    Heine Kenenen hacia la primera guardia y en su somnoliento caminar comenzó a divisar mejor los perfiles de la habitación; las paredes de un color oscuro hacían notar que, en una esquina, un bloque de un tono mas claro se diferenciaba del resto, Se acerco y noto que era un bloque perforado, una especie de rejilla o respiradero que permitía la circulación de aire hacia algún otro lugar.
    Cuando miraba más de cerca comenzó a escuchar golpes detrás de uno de los armarios grandes, más golpes y más fuertes hasta que la madera exploto bajo la fuerza de varios brazos que la traspasaba.
    Brazos descompuestos, de diversos colores verdes y carne putrefacta que venían acompañados de cuerpos muertos animados mágicamente y que comenzaban a avanzar hacia sus compañeros, pasándolo por el costado; logro escuchar detrás de los zombis una gruesa voz que gritaba “adelante mis bestias” alentando a esas criaturas a atacar a los desprevenidos aventureros.
    Uno de los zombis se separo del grupo y cargo directamente sobre el elfo que, torpemente, intentaba cargar su arco mientras gritaba la alerta a sus compañeros.
    De un salto todos se pusieron de pie, algo atontados por la velocidad de los hechos pero siempre listos para actuar en situaciones desesperadas.
    Dhuck, con voz ronca y reseca comenzó a cantar historias de grandes héroes y aventuras, que lleno los corazones de sus compañeros, dándoles el valor y la destreza que en ese momento necesitaban, tomo su ballesta y saetas preparándose para dar lucha.
    Dain, hacha en mano, se abalanzo sobre el grupo de no muertos asestando un duro golpe sobre el zombi que estaba atacando a su compañero Heine y soportando el ingreso de todos los demás que venían detrás, confusión y desespero mientras el monje, aun con la borrachera, levantaba el barril de licor sobre su cabeza y lo arrojaba delante del enano empapando a varios zombis en su caída.
    Heine pudo, con una mirada veloz, observar quien era el que, desde detrás del grupo, los comandaba e impulsaba; se trataba de un ser de estatura similar a la de un enano pero con piel de color gris pálido que contrastaba con su tunica negra, y portaba artefactos macabros, un collar de huesos desgastados y un bastón de un material parecido brillaban en la oscuridad,
    Aiwendil Sulimo, en el borde de sus duermas lanzo un hechizo de fuego sobre el grupo de zombis encendiendo, a su vez, el licor arrojado por el monje, mientras Shauden, exhausto y un tanto claustrofóbico pudo arrojar su bola de fuego detrás de los no muertos y directamente sobre el líder que grito desesperado ante la tortura del fuego sobre si.
    Mientras todo el grupo se iba acercando al combate o tomando distancia para intentar dar al blanco con sus flechas Balarian rezaba, y oro con tanta fuerza y devoción que su dios lo escucho otorgándole el poder de la vida y la muerte a tal punto que solo un grito del paladín fue preciso para deshacer en polvo a todos los no muertos que allí se encontraban.
    Para dar el golpe final al enano gris se hallaba el elfo que, con un certero tiro en la cabeza, termino con el sufrimiento de tan detestable ser.
    Thokk y Heine se abrieron paso entre los restos del armario, revisaron el cuerpo del enano y se internaron en un pequeño y oscuro pasillo que doblaba a unos metros y finalizaba en una sólida puerta metálica; aquella rejilla que vio el elfo en la esquina del salón era una especie de puesto de observación al que se accedía por una escalerilla.
    Thokk se acerco a la puerta y la toco para verificar si estaba cerrada, al mover la manija y hacer sonar la cerradura pudo escuchar como algo o alguien gemía y murmuraba del otro lado, pero nada se movía.
    Mientras los compañeros volvían a la calma en la habitación, Heine y Thokk se quedaron guardando el acceso al pasillo hasta que, una hora mas tarde, el monje, que se encontraba mas cerca, comenzó a escuchar como la puerta metálica comenzaba a abrirse pero no lograba ver absolutamente nada, una profunda negrura cubría antinaturalmente la puerta cerrada.
    Con coraje en la voz, el monje volvió a alertar a sus compañeros que se armaron esperando esta nueva ola de criaturas, Shauden presuroso se acerco a la reja que los comunicaba con el salón para abrir los candados cuando comenzaron a ingresar, Thokk se había colocado al lado del armario y cada uno que iba ingresando recibía su correspondiente golpe maestro.
    Mientras tanto los grandes portones que habían contenido a los no muertos fuera del gran salón, se abrieron y de allí comenzó a salir un río de zombis que se acercaban cada vez mas a ellos por el piso agujereado.
    Shauden se abalanzo sobre la palanca principal soltándola de su freno haciendo caer el techo con púas sobre la ola de no muertos haciendo puré con sus cuerpos. Se vio de pronto asaltado por uno de los integrantes del grupo de atacantes que ya había ingresado al habitáculo.
    Balrog, el perro de Rufilos, junto a Thokk iban haciendo jirones con los miembros de los zombis, el combate se encarnizo cuando las saetas volaban al costado de las orejas de los propios compañeros y los zombis quedaban tirados en el piso.
    Sin comando ni instrucción esos cadáveres caminantes parecían no tener intención de cesar con el castigo a los compañeros hasta que, por fin, Balarian logro dar un grito de gloria y redención que en esa ocasión no fue tan fuerte como para eliminarlos pero si para causarles graves daños.
    El druida era el mas afectado ya que su cuerpo no poseía ni la resistencia ni la armadura que lo proteja y mantenga vivo, el gnomo ya sin capacidad de disparo y con la vos ronca salto de su sitio y, con la vara mágica curadora fue ayudándolo a recuperar un poco de la vida que esos engendros le iban arrancando del cuerpo, el hacha enana de Dain dibujaba plata en el aire mientras Balarian hacia bailar su cimitarra helada sobre la carne muerta de su enemigo y el monje Thokk, desde detrás cerraba el paso para terminar el trabajo que sus compañeros comenzaban a golpe limpio.
    Pronto el ultimo cayo al suelo haciendo un ruido sordo sobre la piedra, el aliento calido y cansado templaba el aire que rodeaba a los combatientes y con preocupación las matemáticas los alcanzaron, se dieron cuenta que, a sus pies yacían mas de cuarenta y cinco cuerpos de seres no muertos y un enano gris, un clérigo maligno de la otrora raza de enanos desterrados a las montañas, una raza que se creía extinguida cientos de años atrás, así la magnitud de la aventura se veía demasiado grande para sus habilidades, y un muy oscuro futuro parecía cernirse sobre los aventureros.

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